El tiempo no para y las novelas tampoco


El tiempo no para y la telenovela brasileña es como un velero que surca las aguas entre el pasado y presente, trayendo las viejas fórmulas a los predios del nuevo lenguaje.

De un viaje en el tiempo trata la recién estrenada novela de las 7 y un viaje en el tiempo hace cuando le arranca al folletín más de una página. 

Las clásicas. Las de siempre. Algunas desgastadas de tanto que se han manoseado. Pero le inyecta la necesaria dosis de modernidad (sobre todo a nivel de puesta) para hacerla actual.

Con un ritmo impresionante, O tempo não pára, supo acotejar en un capítulo el prefacio necesario de una historia que se desarrolla en este siglo, pero empieza dos siglos antes. Hacia fin de la esclavitud.

Sólo podía ser así en una obra con ese título. Otro estilo no se ajustaría a su mensaje.

Eso le dio un aire fatigante, incluso para el público de hoy (¿o será que soy yo quien se pone viejo?)

Entraron demasiado rápido en la acción e incluyeron muchos hechos por minuto y unidad dramática. Si malo es dormir al espectador, malo es dejarlo al borde del asma.

Tal vez fuera el imperativo del director de dramaturgia Silvio de Abreu, que se pronunció contra la dilatación en fechas recientes.

Tal vez la necesidad de casar a la protagonista (Juliana Paiva) en menos de 23 minutos, para así amarrar el lazo...

El dramático. No el matrimonial, porque al final la boda no se da, ya que María Carolina (Marocas) es - como manda el canon - libertaria, decidida y obstinada.

En cuanto a mí, fue muy forzado todo (a nivel de hechos y del tempo que estos requerían). 

Quizás se excedieron en los temas anglo, pero fue el modo de 'hacer los honores' al horario que, usualmente, no trata tramas de época, ni siquiera a modo de preludio.

Sólo el pop americano consigue conjurar la frivolidad y frescura (aun y cuando algunos hits son antiquísimos y muy usados en sus filmes).

También le subieron demasiado el tono al humor, exagerando en la actuación y la musicalización, quizás para imprimírselo a escenas que no tienen matiz cómico.

El ya veterano Edson Celulari (Don Sabino) se roba la escena. Pero a base del mismo y exagerado recurso. Rosi Campos (Agustina), en cambio, sabe mantener la sobriedad de una señora rural.

El resto del elenco está en la corrección que nos acostumbra una empresa como ésta que también se luce en la producción (digna de las más altas audiencias y premiaciones).

Después del primer corte, la historia se sosiega y nos permite un poco más de intimidad con los sentimientos de los personajes. Confirmando su estirpe brasileña y nominalmente global.

El sensacionalismo presente en su premisa no puede dejar de aflorar cuando para finales del episodio vemos un espléndido naufragio con todas las de la ley.

Como estamos en la era de los millenials, no podían faltar citas del último Titanic (el de Kate y Leonardo), pero con mayor 'densidad visual'. Superando, como también manda el canon, lo ya hecho y llevándolo a un nuevo escalón de efectismo.

Y como el público de la Globo ya es global (incluso el interno), la mayoría de las referencias en los acontecimientos mundiales del clip de transición fueron americanos: incluyendo a Martin Luter King y Barack Obama, pasando por Lady Di que, sin ser, es harina del mismo costal.

Como existe un cambio de época, esta reseña merecería una segunda parte, pues sería una especie de segundo estreno. Pero como el tiempo no para la noche ha avanzado y es hora del descanso.


La trama, escrita por Mário Teixeira, con el apoyo de Bíbi Da Pieve, Tarcísio Lara Puiati y Marcos Lazarini, y con dirección artística de Leonardo Nogueira, secundado por Marcelo Travesso y Adriano Melo en la dirección general, 'respondió bien'. Tuvo el mejor estreno en once novelas: 31,9 en São Paulo, 34 en Río. Encantadoras lo hizo mejor aún con 35 (pero eran 'otros tiempos').

PS. Tan rápido como empezó se derritió la mole de hielo que aprisionó a los personajes y los trajo - de forma aún inexplicada - a la actualidad. Pero, nuevamente, ¿cómo meterían el primer beso ya?

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